Mar Dulce
A Lautaro
Chapotean óleos obscuros del río
silencios de madrugada.
Costanera desierta junto al espigón de pescadores
al borde intemporal de Buenos Aires.
Ausencia de luna nueva
deja la esfera celeste a merced del alba.
Todo es quietud
en la boca desmesurada del Plata.
“Tengo miedo”
—dice el Laucha, mi nieto—,
y le respondo:
“De eso se trata...”
La brisa congela la espera.
y el tren de luz fluvial insinúa el horizonte,
tempo lento sobre el lomo saurio.
Tinta china y musculatura ocre,
sombríos tornasoles nocturnos,
láminas ondulantes de acero a cobalto.
Los primeros aviones del día
abren rumbos dispersos;
una que otra,
rondan aves de pico encorvado.
La ciudad duerme,
la ciudad despierta.
(¿Amanecerá?)
Faros y boyas no responden;.
(el Clarín dice que a las 8:01.)
La cadena rompe su eslabón de calma,
esa ola que no cae,
esa rama que no oscila.
(“Aquí la gente no está para ver amaneceres.”)
Y despunta un sol
apenas encarcelado de nubes,
un sol de todos los días,
mirada que se va y nos abandona,
asombro que se pierde interrogante.
La pequeña bola ígnea
asciende rauda,
liviana,
por la escala arpegiada de Firpo,
y nos regala sombras largas del sur
para leer destinos.
Es nuestra estrella que aparece
cada aurora
disfrazada de verdad.
Giganta roja,
enana blanca,
agujero negro.
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